AUN SIN NOMBRE Y SIN TERMINAR!
20 de Marzo de 1967 Adolfo Pardo.
PRIMERA PARTE
Hacia 1957 en Chulucanas, apenas nacían dos o tres niños cada mes y casi todos eran iguales. La mayoría de las veces era un varón y lo llamaban un “machito”. De vez en cuando nacía mujer y la llamaban una ‘hembrita’.
Casi todos los hombres en el pueblo trabajaban en el campo. Salían todos los días de sus casas tempranito en la mañana a eso de las cinco después de tomarse un tazón de café aguado y mordisquear un pedazo de pan con queso blanco de cabra, se limpiaban la boca con el dorso de la mano, rugosa y con olor a tierra, trancaban la puerta hecha de tablones de madera, y con las manos en los los bolsillos, apurados, como dando saltitos se iban al campo... siempre agachados.
El trabajo en la tierra era duro y ellos hablaban poco durante todo el día. Sembraban con la luna y cosechaban con la luna. Trabajaban siempre igual, siempre arando, siempre sembrando, siempre recogiendo piedras de entre la tierra, siempre canturreando, triste y bajito...
Reían poco y trabajaban mucho.
En la tarde volvían a sus casas, a sus mujeres y a sus hijos. El perro ladraba al verlos llegar, y los ladridos no hacían eco en las montañas porque estaban muy lejos. Todos iguales, todos los días iguales, día tras día despeinados, sucios, así era el trabajo duro de la tierra.
Un día de 1957, en la casa de Ramiro Iscar, hubo parto... machito. Casi de inmediato la noticia circuló y todos la recibieron con una cierta alegría. El machito también se llamaría Julián, como el tata viejo de Ramiro. Cuando viniese a pasar el señor cura, sería bautizado como la primera hembrita de Ramiro que también sería bautizada.
Y así fue... aunque tuvo que esperar 15 meses para que el señor cura pasase. Para entonces Juliancito no había aún pronunciado su primera palabra. La gente comenzaba a llamarlo “El Mudito”.
En Chulucanas la gente se olvidaba casi de inmediato de la fecha en la que las mujeres parían, por lo tanto nadie sabía exactamente cuándo había nacido. Sólo se recordaba, al principio, la época y al cabo de algunos años, ni siquiera eso. A veces ni se llevaba cuenta de los años transcurridos, sólo había guaguas, niños, hombres y unos pocos ancianos. Les mujeres eran siempre sólo mujeres.
Cuando Juliancito dejó de ser guagua, cuando ya hubiese podido ir al c:ampo, no hablaba nada, solamente hacía unos pocos ruidos y apenas pronunciaba unas escasas palabras, nadie lo entendía, sólo Tata Ramiro y Mama Toya, y le hablaban fuerte y le gesticulaban para que entendiese hasta le gritaban.
Julián casi no entendía y casi no hablaba. Cuando en el campo un día de esos Tata Ramiro vio que se estaba alejando por un camino que no era, le gritó que volviese y le volvió a gritar. Por ahí no Julitito, por ahí no, venite pa’cá, Julitito. Pero sus gritos no llegaron a Julián y no hicieron eco en las montañas porque estaban muy lejos. Ramiro dejó caer su lampa y se puso a correr saltándose los surcos y gritando hasta alcanzarlo.
Esa tarde en la casita, Ramiro trató de hacer entender a Mama Toya que Juliancito no era mudo, no era mudo, no era mudo, Julitito no podía oir, Julitito no oía nadita. Desde ese día, de una manera muy suya, la Mama Toya comenzó a enseñarle poquito a poco a hablar y comenzó a quererlo mucho más que antes. Julián empezó a aprender y Mama Toya también. Julián nunca más fue al campo con su tata. Mama Toya lo guardó para ella, para enseñarle, para protegerlo. Cuando fue un poco mayor, cuando ya no crecería más..... Julián sabia hablar.
Luego el patrón, el dueño de la tierra, lo mandó a llamar para que trabajase en la Casa Grande. Ahí había siempre muchas cosas que hacer. En la Casa Grande todos sabían leer y todos sabían escribir, poquito a poco Julián fue aprendiendo, al principio solo, después el patrón, Don Francisco, mandó que le enseñaran y Julián aprendió. Él hubiera querido entonces enseñarles también a su Tata Ramiro y a su Mama Toya, pero eso no lo pudo hacer nunca.
Cuando Don Francisco tuvo que viajar a la Capital para dejar allá a la patrona, habló antes con Ramiro Iscar y con la señora Toya. Lo decidieron: Julián se quedaría en la casita por todo un mes con ellos, después Don Francisco se lo llevaría con la patrona a la capital.....
El autazo negro cargado de baúles y maletas se fue alejando por la carretera de tierra delante de una polvareda que el viento fue barriendo hacia un lado junto con el ruido del motor... en él, sentado en una banquetita de madera, afuera, en la parte trasera del auto, se fue Julián, por primera vez con medias y con zapatos. Su Mama Toya nunca entendió por qué tenía que ser así, su Tata Ramiro tampoco, ni Julián ni nadie, pero así fue.
Sí, para Julián, la Casa Grande había sido algo tan distinto a su casita. Tan grande, tan completa, tan inútil, con tanto espacio perdido... y con esos muebles de madera oscura por todas partes y ese patio con el piso de piedra y la enorme puerta por la que pasaban los caballos y las carretas, todo le parecía a él tan vacío de gente. En esa casa hubieran podido vivir todos juntos, Mama Toya, Tata Ramiro, la Toyita y hasta el perro sin para eso molestar a Don Francisco o a la patrona.
Sin duda la Capital, que él quería tanto conocer, sería algo así como la Casa Grande, aunque quizá no tan grande, y seguramente habría muchos automóviles como el del patrón, quizá la gente no caminaba sinó que todos tendrían esos automóviles, o quizá los caballos eran más grandes y quizá las montañas en la Capital no estarían tan lejos.
Durante el viaje en el auto tuvieron que acercarse a los cerros y se metían en unos enormes huecos, adentro era oscuro y con mal olor y cuando salían por el otro lado, la luz era mucho más brillante que antes. El auto no paraba nunca y viajaban y viajaban. Al principio le pareció que realmente se acercarían a las montañas azules del fondo, pero por más que avanzaban, las montañas siempre estaban ahí, alejadas como esperanzas.
En un cierto momento el automóvil tuvo que bajar una larguísima cuesta. Desde arriba se veía la carretera que bajaba y bajaba hasta el fondo. Abajo había un puente de hierro, lo pasaron por sobre el río, cristalino, con poca agua, con el fondo de piedras redondas, y volvieron a empezar a subir por el otro lado de la quebrada.
Las montañas azules quedaron atrás en vez de adelante. Las vio por última vez por encima de su hombro antes de dar una curva y luego desaparecieron envueltas en otras más pequeñas. Quizá ya nunca más las vería. De ahí en adelante los cerros eran más bajos, los árboles eran más altos y había chacras y vacas y hacía calor. En un momento él se asustó porque el auto dejó de saltar, se puso a rodar suavemente y dejó de hacer polvo. Miró hacia atrás y descubrió que la carretera no era ya más de tierra, todo el ancho estaba cubierto por algo oscuro que de alguna manera había sido puesto ahí para que al auto no saltase y para que no hubiese tierra suelta. Qué pena que Tata Ramiro no podía ver esa maravilla.
Después hacía mucho más calor y también mucho más viento desde adelante. Julian pensó que el nunca había logrado cabalgar tan rápido. Recordó que en alguna oportunidad había logrado correr tan velozmente en el caballo, que la silla casi no se movía de arriba a abajo y él estaba como flotando, algo así como ir ahora en el automóvil , rapidísimo pero sin saltar. Si sólo los pies no le dolieran tanto metidos en esos zapatos que él quería botar, y el calor pegajoso que traía el viento, y ese viaje que parecía no tener fin. Qué lejos estaba la Capital, qué lejos estaba.
Poco a poco el camino se fue haciendo más plano y también más ancho, poco a poco comenzaron a aparecer casas a los lados y cada vez más automóviles, de diversos colores, y camiones y autobuses repletos de gente, y en su barriga una cierta inquietud angustiosa al sentirse tan lejos de Chulucanas, de Mama Toya, de Tata Ramiro, de Toyita, de sus montañas frías, lejanas y azules.
Un poco después entraron en la ciudad y caminaron por calles absolutamerite llenas de casas hasta que se detuvieron en un enorme jardín delante de una casa inmensamente grande. Una puerta se abrió y aparecieron varias personas, todas vestidas igual, se pusieron en una línea delante de la puerta, todos sonrientes y tensos. Bajó Don Francisco y también la patrona y todas las personas que estaban delante de la puerta hicieron a los patrones una serie de reverencias y de saludos. Después les abrieron paso para que entrasen. Cuando los patrones pasaron por la enorme puerta hacia adentro, esas personas se acercaron al automóvil y comenzaron a bajar las maletas y los baules.
Nadie vio a Julián sentado en su banquetita de madera en la parte de afuera, atrás del auto. Julian estaba inmóvil sin saber qué hacer.
La primera persona que me vio fue uno de los hombres de pantalón negro y camisa blanca, se detuvo al verme y comenzó a hablarme sin que yo pudiese hacer nada, ni entenderle nada. Me quedé sentado en mi banquetita sin bajarme y sin saber qué hacer. En ese mismo momento salió la patrona y dio ciertas instrucciones al hombre del pantalón negro, luego ella se acercó a mí un poco y pronunciando palabra por palabra me dijo que esa sería de ahora en adelante mi casa y que Felipe me atendería y me enseñaría mi cuarto.
Debo decir que esto que ahora yo estoy contando, lo hago mucho tiempo después de ese día de mi primera entrada a la casa. De hecho quisiera mencionar que han pasado casi dos años. En ese tiempo han sucedido muchas cosas que quisera recordar y muchas también que ya he olvidado. Recuerdo que esos primeros días fueron muy extraños, todas las cosas que debieron haberme llamado la atención, pasaban delante de mí de una manera casi borrosa.. Todo era para mí una situación no verdadera, siempre tenía yo la sensación de que todo eso era sólo un momento que muy pronto pasaría.
El primer día y quizá también el segundo, la patrona vino a verme a la cocina y me preguntó cosas que yo no entendí y me hizo muchos gestos y se quedaba esperando qué se yo qué cosas. Y yo la veía en mi delante, gesticulando, y le lograba entender cada vez menos.
Yo soy sordo, siempre lo he sido. No se realmente qué significa ser sordo o mejor dicho no se exactamente qué significa el no ser sordo. Me doy cuenta cada vez más de que el resto de personas que me rodean no son como yo. Antes no me daba cuenta con claridad de la existencia de esa diferencia, ahora sí.
Javier, el hijo mayor de Don Francisco, me ha ayudado mucho en ese sentido. En los primeros días de permanencia en la casa, cuando yo casi no hacía otra cosa sinó pensar en Chulucanas, en Mama Toya, en Toyita, en Tata Ramiro, en las montañas azules, Javier vino a verme con la niña Ernestina, que era su novia. Se sentaron a mi lado en unos banquitos de madera que había en la cocina y se pusieron a hablarme lentamente y yo comencé a entenderles poco a poco y cada vez más.
Yo ya podía hablar desde entonces, aunque creo que ahora puedo hablar mucho mejor porque he aprendido muchas palabras nuevas que antes no conocía. Javier me hizo pronunciar una y otra vez la palabra SORDO... y una frase que tuve que repetir cientos de veces:
Yo me llamo Julián Iscar, tengo 16 años y soy sordo de nacimiento, no puedo oir...
Cuánto bien, recuerdo, que me hizo aprender a decir esa frase. Fue como encontrarme por fin a mí mismo, yo reconocí entonces que soy diferente, que tengo algo que los demás no tienen, yo soy algo que los demás no son. Yo soy sordo, ellos no.
Verdaderamente no se del todo qué es eso de no ser sordo, eso de oír, aunque gracias a Javier estoy empezando a entenderlo. Hace poco fuimos juntos, con la niña Ernestina también, a un hospital a donde me hicieron una serie de pruebas y descubrí algo verdaderamente grande: Yo puedo oir un poco.
La niña Ernestina se sentó a mi lado y me explicó que eso que yo siento en la cabeza es algo así como oír. Me ha explicado que oír es notar que en el viento llegan hasta mí unos movimientos en el aire, movimientos pequeñitos que de alguna manera me hacen entender cosas. Me llevaron a un cuarto en el que habían unas cajas de madera. Me dijeron que en ellas hay música y que yo debo tratar de sentirla con mi cabeza, con mis manos y con mi cuerpo entero, tocando las cajas o sentándome en ellas. Así lo he hecho y he encontrado un cierto parecido a como se movía también la banquetita del automóvil cuando yo estaba sentado en ella.
Yo recuerdo que durante el viaje desde Chulucanas, aprendí a darme cuenta, sin abrir los ojos, cuando el motor estaba funcionando y cuando no, solamente sintiendo en la banquetita de madera el ruido. Ahora ese tipo de ruido es de alguna manera diferente en las cajas parlantes, como dicen que se llaman. Ahora está como partido en diversos pedacitos que me llegan uno tras del otro, y unos son más chicos y otros son más grandes, pero siempre se parecen mucho unos a los otros, y resulta muy agradable sentirlos.
Ayer Javier me pidió que apoye mi cabeza en la caja parlante y que trate de darme cuenta de que si lo que estaba sintiendo era lo mismo que antes o no. Pude darme cuenta claramente que no era lo mismo. Cuando es la cabeza la que apoyo en la caja, lo que siento es realmente perfecto. Javier y la niña Ernestina me han dicho que eso es oír. Me han prometido hacerme conocer muchas cosas que hasta ahora yo no conozco, ahora que ya saben cómo hacerme oír y ahora que yo sé cómo es eso. Me gusta.
Durante estos dos años he pensado cada vez menos en Chulucanas. Me siento verdaderamente lejos, no solamente de Marna Toya y de Tata Ramiro, también de la casita, de nuestro perro, de la Toyita y de las montañas de allá lejos. Acá he descubierto muchas cosas que me ocupan la cabeza y que me distraen, He aprendido a leer. En realidad ya de grande, porque solamente ahora estoy aprendiendo a entender cuando leo. Yo ya sabía leer en Chulucanas, en la Casa Grande, no es eso lo que quiero decir, ahora no leo como antes, ahora poco a poco logro enterarme de lo que leo, y aprender cosas.
La niña Ernestina me trajo hace poco algunas revistas y un libro sobre la sordera. En él he leido que en el mundo hay muchas personas que son sordas, que yo no soy el único. También he leído que hay varios tipos de sordera y que hay algunos que hasta son curables. He leído sobre una niña que después de haber sido sorda por seis años, la operaron y que ahora puede oír.
Todos los días tengo, me ha dicho el doctor, que sentir música como si fuese oír. Javier y la niña Ernestina me permiten ir al cuarto de arriba para colocar un disco y sentirlo con la cabeza y con las manos. Es fantástico y poco a poco siento más y puedo distinguir algunas músicas de otras.
Las niña Ernestina me ha dicho que me va a traer un libro sobre un famoso músico compositor que nació en Europa hace muchísimo tiempo y que a pesar de ser sordo podía hacer música él mismo y que todos lo aplaudían y que él no podía oir lo que había hecho porque lo oía solamente dentro de la cabeza. Yo entiendo un poco eso. Hace poco me pasó de sentir música cuando estaba caminando de regreso a la casa y me sentí alegre, pero la sentí solamente en la cabeza. Se lo conté a La niña Ernestina pero cuando ella me preguntó cómo era esa música, no pude explicarle nada, no pude. Ella me pidió la que cante, y eso no pude hacerlo, no pude aunque sí quisiera poder.
El otro día recibí una carta de mi Mama Toya. La escribió otra persona de la Casa Grande y la dictó ella. Me sentí muy triste. En la noche, cuando estuve solo, me puse a llorar y después me quedé tranquilo pensando en todo, tan lejos, y también sentí música en mi cabeza y hasta probé de cantar, pero no pude.
FIN DE LA PRIMERA PARTE